lunes, 9 de junio de 2008

Nunca contaré las cosas,
por mi metabolismo anárquico, que he querido contar.
Se escapan, se resbalan del cuentero que no soy.
Pero he armado estas trampas, sin modelos,
sin artimañas de fabulador...
Si caes en ellas, injustamente,
no me culpes por desilusionar tu egolatría,
porque a mis herejías, ya no le cabe, ni media culpa más.

LOCURA ROSADA
DEL LIBRO PUBLICADO CUENTOS DESECHABLES
DE RANNEL BAEZ
No te escondas, Dios. Vengo a descubrirte, poeta… Tus ínfulas rosadas se han ido a cazar termitas hacia otros páramos. ¿Tan muerto estás? Tu frialdad congela mis palabras y galvaniza un nudo rosado en mi garganta. ¿Cómo te las arreglas para controlar tu claustrofobia? ¡Adivino! ¿Los sobrevivientes muertos saben cómo adaptarse a las precariedades? Tus libros no sobreviven precariamente. Son tus dioses de papel. Aunque siento tu mismo silencio rosado, no he venido a delirar contigo en buena lid. Tu dialéctica no era proclive a las camaleonadas de la gentuza social. Hoy se respiran nuevos aires, agrios y despóticos, nitrogenados y farisaicos. Pero tú tenías buen olfato y siempre supiste qué respirar con tu nariz rosada. ¿No sientes el grajo de la política, la pestilencia de los caudillos, el sicote de los demócratas, el "tufoaboca" de los capitalistas, el “chinchilín” de los neoliberales o el "bajoaborsa" de los socialistas? Tanto has obviado las cosas de este mundo rosado que ya no relacionas ni distingues la semiótica de sus estrambóticas fragancias… Y tan catador que eras del perfume de las rosas. Cada esencia tenía su etiqueta y su protocolo… Pero te has encerrado en tus profundidades poéticas y en tus abismos rosados… Te has quedado con tus resabios, con tus decretos, con tus impulsos incressendo creando, estilo huidobronco, tan apegados a ti que aún ahora los presiento en este nicho transparentemente rosado. ¡Qué egoísta fuiste con tus cosas! He observado, psicoanalíticamente, que era tu enfermedad rosada… Supe, desde mi óptica rosada, que con la soberbia de un semidiós, con la potestad de un semiloco, con el espíritu tortuoso…, tangencialmente huido, obró tu fuero artístico, Vicente, indócil jardinero de frases. Fuiste cortante. Con íncubos malhumorados. Con el darma oteando otras dimensiones, con el karma en la sangre. Sembraste palabras y nació la mostaza… ¡Qué ganas tenías de ser más poeta que todos los poetas! Haciendo florecer la rosa virosa en tu bitácora. Cuando intentaste, con toda tu fluidez alquímica, ponerle el quinto pétalo a la rosa de los vientos… Norte, Sur, Este, Oeste y Dios… Apareció la quinta plaga. ¿Era necesario perderte entre puntos cardinales? La tierra del fuego queda tan cerca de nuestra casa. Los huracanes, ciudadanos del viento, y sus calurosos duendes, vienen por el pacífico con toda su furia ancestral, y en su tempestad oceánica, nos confundimos como aguaceros quintaesenciados y sempiternos. Te hubiese sido mejor ponerle "la quinta pata al gato" y no ponerte a poetizar; sabiendo tú, que "por la razón o por la fuerza", todos tenemos un chin de poeta y de loco, un chin de diablo y de dios en todos los sentidos. ¿Para qué querer tus propias lluvias, si las nubes no te pertenecen? ¿Era necesario ese imperativo rosado? No pudiste aguantar la garganta, ni las manos, ni tu verdad… y soltaste tus mariposas de metal, el polen de tus verbos, tus versos mojados. ¿Por qué cantáis, pendejos? Preguntaste sin desparpajos… Así te dictaminó tu temperamento rosado. Con la manía, manida en ti, del que escribe un verso sin más palabras que la palabra rosa. Aquella rosa forestal, sustantiva… rosa aromática y efímera… rosa que vive y que muere, vegetativa, muda, con su propia canción de pétalos… sola. Una rosa, más para la magia de un poeta, que para el jardín de tus sueños de enamorado. ¿Y, alguna vez te enamoraste, de verdad, con ese amor rosado de los locos y apasionados? Los poetas de hoy son frígidos, literatos de cundanguerías grisáceas. Tú, como yo, no eras frígido, ni de maneras aéreas… Tú eras un poeta de la Orla de Fuego… ¿Recuerdas tu piropo preferido? -Adiós, belleza bellaca de "nalgas de rosa"-. Así rememorabas al erotismo de los poetas cristianos del Bizancio. ¿Te acuerdas de Lila de la Rosa? Mujer de agua, hermosa tormenta… ¿Te acuerdas de la serenata de borrachos? -"…te regalo estas dos rosas cariñosas…"-. -"…rosa, la flor, tu nombre…"- Y la guitarra amanecía entre bachatas y baladas, entre Ortíz y Perales, entre la botella y el destino. Sólo te faltó crucificarte… pender como aquel Cristo enamorado en el "Gólgota Rosa" de Fiallo. En la esquina de la Santísima Cruz nos cantaban los gallos rosados del barbero Musío… borrachos como los chichiguaos rosados de la Copiadosa. ¡Cuantas pequeñeces, poeta, para tu grandeza! Sólo te queda el alcohol de la Rosa de Tierra de Lamouth. Hace mucho tiempo que la rosa "polvo es y polvo será"; que la rosa no es rosada, sino gris, de luz. Ese gris de la locura que todos llevamos dentro y esa luz de los lunáticos rosados. Un domingo de absurdos entramos a la parroquia rosada sin persignarnos… El tufo tenía ribetes de herejía… y los sermones habían comenzado… ¡Qué incredulidad! -¿Algunos de ustedes quiere ver al Diablo?- Dijo el cura Santino, iniciando la misa. Otra más de las tantas que les venden a los vivos para saldar los pecados de los muertos. -Pues, cada quien tiene su Diablo particular adentro.- Sentenció sermónicamente. -El Diablo es su locura y su materia gris.- Concluyó apocalíptico. Y todos se quedaron fríos. Condenados. Sin perdón. El poeta y tú “hicieron el caso del perro…” Tomaste tu Biblia y partiste rezongando una oración que nadie nunca pudo descifrar. ¡Ateo! ¡Anticristo! Fueron las últimas indulgencias humanas que cayeron en tus espaldas. Al pasar por el portón de caoba litúrgica y bajar los escalones de la santiguación, se perdió el último campanazo de la condena. Sólo un suspiro de los que por instinto, dan los pecadores buscando la naturaleza, pudiste articular como un impío rosado, cuando tus ojos penetraron al parque de rosas en el que se había muerto tu única esperanza… la salvación. -¡No hay de qué arrepentirse!- Exclamaste entre dientes rosados. "No hay nada nuevo bajo el sol…" Ya lo dijo otro dios… Todo está hecho y desecho. Pero “nadie se muere en la víspera”, Vicente… No inventes historias. Lo que más se parece a la rosa es otra rosa, es la vida. Cuatro letras la rosa y cuatro la vida... lodo y amor tienen las cuatro letras de Dios. Lo que está más cerca de la muerte es la muerte, es la poesía. Seis símbolos la muerte, seis la poesía… pecado y espejo tienen las seis letras del Diablo. ¡Lo que más se parece al poeta es el poeta, es Dios! No seas loco, loco… Te excomulgarán todos los concilios de sotanas, por ese símil rosado… Y el día del juicio no te levantarán de los muertos. Te quedarás hecho polvo, porque está escrito, no con tu palabra rosada, sino con la palabra divina… ¡Divina locura! Tú no tienes derecho a la palabra. Y, ¿crear? Las palabras sólo sirven para hacer estas historias… y en el manicomio no hay rosas. No me hagas cuentos de muertos soñando. ¿Qué no estás soñando? ¿Qué no estás muerto? Te empecinas en escribir sobre las rosas. No te das cuenta que estoy leyendo tu epitafio. ¿Qué tú no comes con cuentos? Tú no te comiste la hostia. Y se te comieron los sesos, aquellas avecillas petirrojas que se arremolinaban en parvadas en los "cojollitos" del laurel crecido frente a la Iglesia de los Remedios. Pero tú, no tenías remedio… y los petirrojos, los veías rosados. Y te reías con una risa de campanario. Cuando estos inocentes de pico y pluma, esos petigres bullangueros que no sabían rezar ni decir amén, se cagaban en la cabeza de todos los feligreses y de todos los pecadores que atravesaban el jardín de las rosas, en aquel laberinto de palabras y locuras, en aquel pueblo de tu destino. Un día de alcanfor y dudas, volaste con tus alas de loco locuaz detrás de los petirrojos rosados, esos gendarmes que hacían su vida volátil en ese laurel pueblerino, testigo de tantas misas y rosarios. Huido. Fuera de tu nombre cabalístico. Como un demente sin banderas, así obraste. Según tu criterio crítico… con tu alter ego abierto a tu peculiaridad rosada. Con el aura comprometida, abigarrada. Con el juicio avituallado de musas inspiradas, enloquecidas. Con el polen fermentado. Con tu propio peculio, como diría un engreído de carne y hueso… Y tú no eras engreído, porque yo no lo soy. Tenemos todas las debilidades del mundo, hasta los caprichos rosados que últimamente hemos inventado. Todo el mundo hace y deshace lo que más le hace y deshace a su diario vivir y desvivir… Espero que puedas entender este palabrerío, de las tantas vacuencias y filosofías que decimos y practicamos por estos confines, donde sólo hay un Dios en contra de cuchumil demonios. Y así tú quieres, te empecinas en irte al paraíso, en dejarte confundir de la belleza de la rosa… estando el camino que nos lleva a la salvación, plagado de espinas rosadas. Esto es palabra de Dios y trampa de los hombres. No te escaparás, iluso. Tú tienes tu artimaña, tu maña artística. Por eso te echaste a dormir con tanta confianza, que has quedado dormido. ¡Qué lirón se metió en tu sueño, soñador! No mientas, "ciudadano del olvido", espíritu de la rosa… aquella rosa de aire, de palabra, de metal, de sangre… aquella rosa que lo que nunca llegó a ser fue rosa… rosa de la locura, rosa de tu nombre, rosa de la mierda… ¡qué tanto es que joden con las rosas! ¡Hipócritas! ¿Por qué se las llevan a los muertos? Yo soy otra clase de muerto… un muerto de la boca para adentro… y, ¿de la boca para afuera? Soy un muerto de palabra. Tu palabra está textualmente huida, sin obra, temáticamente loca, porque "como cada loco con su tema…" ¡Oh, loco del diablo! Un día dijiste que yo era un pequeño Dios… Y, ¿yo me lo creí? Yo no soy poeta, andino del fuego. Aunque estamos tan juntos y tan lejanos. El único enigma que nos separa, es ese punto rosado que limita tu poema de mi locura. Tan disímiles y tan iguales, con sus mismos dioses y espinas y en cada uno, su locura rosada. Vicente Poeta, tu estro exorcista, huido, obró, para desenmascarar a los farsantes, para construir un cielo rosado, para tu fiebre rosada, en el mundo rosado de tu muerte rosada… Yo soy un ciudadano del recuerdo, otro loco rosado del sur…
…Prestidigitador de rosas
en un cachivache de sueños
Mutilador de espejismos
en la corola del mundo
que se agota en cada verso
en cada dislate que respiro
desde que soy un dios excomulgado.

No me vengas con que son dislates, chapulín de los canallas. Este es el miedo de los humanos. Es la nostalgia encapuchada de los que se han callado siempre. Dime que es mentira, fiera sin selva, arlequín desarlequinado. Dime tu verdad, alfeñique de palabras. Tú que mueres, allende los sueños, aquende la locura, todos los días, amén. Dime tu verdad rosada de poeta, poeta rosado.

Yo nací un enero americano. Soy sencillamente un pobre sin cielo. Soy un bíblico “catecúmeno” del Diablo. Nunca me ha gustado el color rosado. ¿No has oído decir que cuando ibas a nacer, por la sonografía, ya sabían tu sexo? Entonces, que si varón… el "yaquecito", el babero, el bobo… todo azul. ¿Y las lágrimas? Que si hembra… los aretes, el resguardo, el gorrito… todo rosado. ¿Y las sonrisas? ¡No divarées por dios! ¡No blasfemes, carajo! No desvíes el cuento. ¿Pretendes que yo siga como un poseso leyendo tu epitafio rosado? Déjame enterarte: En Wilde encontré el Ruiseñor y la Rosa… Y allí quedó marchito el vuelo… El era un retrato de novela, un narciso de sexos rosados. En el eco inquisidor de Umberto está El Nombre de la Rosa, la escritura rosada de la libertad. Todo esto ha transcurrido con tanta vacuidad… Tu nombre contemporáneo, mi nombre extemporáneo se bifurcan en un limbo mecánico. En esa tingladura donde los pordioseros, ¡por Dios, somos nosotros!, piden su limosna rosada y se acuestan triturando palabras, haciendo buches de malhumor y sueñan con ese sueño rosado que se va, roncando, sonámbulo, hasta la otra esquina del amanecer. Y tú crees que es el Hombre de la Esquina Rosada, de Borges… ese jardín de mundos bifurcados, ese mundo de fascismo literario… ¡Mentiras rosadas! Su Rosa Profunda está en otros huertos… tiene otros abonos. Tiene su cara y su cruz… Tiene su filosofía, su sello personal, su alquimia cultural en la Rosa de Paracelso. ¿Que ya te deje respirar? Tú sales con semejantes excentricidades… Ni que fueras el Milagro de la Rosa de Genet, ese milagro maldito de los genios solitarios, de tantas querellas universales. ¿De modo que ahora quieres respirar? De nada quieres un baño sauna, para calentar los huesos. Sí, tus huesos rosados. Hay que dar razón al por qué encasillan las cosas de los poetas. ¡¿Y es verdad que lo somos?! ¡¿Que somos Dioses?! Y, ¿qué con eso? A cualquiera se le va la lengua para cualquier boca rosada. Ya tú no tienes lengua. Estás tieso como un santo rosado. Yo te traje tus rosas favoritas. Las traje del Palacio Rosado, porque tú eras político, diplomático con tus cosas, con tus gustos rosados… ¿Que cuáles eran? Tan fácil te has dejado esquilmar tu memoria rosada de los gusanos? ¿Por qué son tan blandos los sesos, y no son de mármoles rosados? Así son los sesos de los dioses. ¡Justificaciones! ¿Que no? No ganas nada con negar o afirmar. Ahora huele estas rosas… ¿Vas a estornudar? El polen ya no es el mismo. Es verdad que estás muerto. Por eso quédate quieto en tu panteón rosado. No quieras huir de tus metáforas. Los gusanos no saben de poesía, pero tienen su rosa y su seda. Los gusanos no pagan alquiler, ni pagan impuestos, ni diezmos. Son ciudadanos de la carne. ¿Que soy un ridículo rosado? ¡”No espantes las avispas”! Sólo quiero que me cuentes tu historia, tu poesía. No me hables de ti, para biografías, charlatán de hueso. Inédito, ni siquiera tu descanso rosado. Yo te conozco en toda tu profundidad, en toda tu extensión, en toda tu anchura. No me interesa saber nada de ti. Tú estás en este argumento. No quiero saber si “la rosa cayó en el agua”, y “no se deshojó”. Háblame seco, tajante, sin ambages, como un editorial, sin cortina. Deja tus agugu, tus gateaderas, tus juegos matariles, tus palabras infantiles. Ahora sólo quiero ver tu palabra fría, de piedra. Tu vida, no vista a través de una clase de octavo de secundaria, tu poema, tu muerte, y la última rosa que creaste, dios, humano y loco. No te escondas, poeta. De nuevo se cumplió la profecía. Has vuelto a sudar, ese sudor frío, rosado… Está desembocando en el mar… Ha subido la marea… Ahí va ondulando una rosa de sal, se aleja y me ahogo por retenerla, la dejo ir… ahora se pierde en la distancia de un poema. La lluvia ha pasado con la noche. Ya me voy, Dios. Yo seguiré escribiendo otra historia rosada, fuera de estos dominios, fuera de esta rutina rosada, para la que necesito mucha materia gris, muchas paradojas rosadas, despegarme del fantasma de las pesadillas que me persiguen desde que comenzaste a fabricar tus deidades, desde que comenzaron a florecer tus poemas en la selva de tu nombre, desde que sufro el delirio de perseguirte, de acecharte, de romper tus palabras, desde que tengo la creencia, creyendo en ti, de que soy un Dios, desde que leo en tus biografías que estás más muerto que un ídolo rosado… ¡Conformidad, San Vicente! Lástima que los muertos no puedan tomarse unas vacaciones, " vivitos y coleando." Así no tendría que estar despotricándome, como siempre, en este monólogo reiterativo, en este diálogo entre la carne y el hueso, entre tú y yo, entre el amigo maldito y el maldito poeta... sicosis, ya madura, que se repite desde que salgo a buscar parábolas, desde que como un condenado loco, como tú, Vicente, huido, obro, cuando duermo con los ojos rosados.
Quiero despertar, cambiar de nombre, poner punto final a este párrafo ascético, pero sobre todo, poeta perdido, no quiero volver jamás a este cementerio de dioses rosados.

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