La barrena poética del Taladro del Tiempo
de William MejíaUna reflexión en un punto cualquiera de la serranía literaria
Por Rannel Báez.
Un día de esos que no están rojos en el calendario, quizás porque aún no había menstruado. Un día de esos en que nadie repara si se puede visualizar el rostro de Da Vinci, pintado en una nube, que luego se va deshilachando desde sus barbas siderales hasta su calva planetaria, y se convierte en un chavesnaso de algodón. Un día de tarvia caliente, un día orwelliano, de profecías robóticas, un día de esos en que las 24 horas están demás. Un día realengo y anónimo, o al revés, como el título teatral de andarín. Un día incoloro de 1984, llegó William, como fiel tocayo de Shakespeare, con su taladro del tiempo metido en un baúl atemporal, a esta ciudad del sol. Vino a Azua y comenzó a taladrar los sueños, las metáforas, y a la literatura ochentista. Barrenó la realidad y cambió el panorama cultural de este pueblo de los contrastes. Ocoa se quedó en un punto cualquiera de las serranías. Anteriormente la Pata de la Mula unía a Ocoa con azua. Hoy las une William mejía. Hoy todavía se escucha el eco del taladro perforando esa distancia, en la que la barrena poética de William cala los huecos donde se colocan los remaches, puntos de apoyo, puntos de referencia, que identifican un antes y un después de William mejía en la literatura de Azua.
Estos son los antecedentes. Ahora asimos por el puño y conectamos el taladro del tiempo para girar una reflexión sobre los primeros cuentos de William Mejía, porque resulta que el Taladro del Tiempo fue el primer libro de William mejía. Y en él encontramos su primer cuento premiado en el concurso de Casa de Teatro, certamen en que es bueno acotar fue jurado el maestro del cuento, Juan Bosch.
Para el herrero de estos párrafos avituallados con la confianza que da la cercanía, casi de hijo a padre, con el autor, es un honor inmerecido ocupar un espacio en este escenario, pero un compromiso ineludible con el que considero como el taladro crítico de mi literatura.
El mismo año en que William se muda por estos andurriales de locos y poetas, salió a la luz el Taladro del tiempo. En este año que William celebra sus treinta taladrando el cuento, no viviendo del cuento, se publica la segunda edición, corregida y disminuida del Taladro… Nótese que digo disminuida y no ampliada, como casi siempre ocurre con las segundas ediciones. Y es que de aquel taladro del tiempo al taladro del tiempo de hoy, se recicla el tiempo como en un círculo mágico y el taladro es el mismo que sigue perforando el cuento. Modificando la visión del mundo. Reinventado el mundo, cada vez que el mundo se le antoja como un cuento fácil, difícil de contar. Y es que como dice la uruguaya Cristina Peri-Rossi, citada por Mempo Giardinelli en su libro Así se escribe un cuento, “no narro para entretener, para ordenar una trama, sino para descubrir, para conocer, para elaborar una hipótesis del mundo, de modo que lo narrado se supedita a la intención, a la visión del mundo. Es que, parodiando a Rimbaud, el escritor es un visionario, o no es.” Y William responde a este conocer, descubrir, para formar su tesis y visionar el mundo, trastocarlo, reinvientarlo, perforarlo con su taladro mágico.
Cuando William encendió el taladro, y el tiempo empezó a barrenar las metáforas, creó sus criterio escritural, diseñó su estilo mágico. Para William el cuento, no es el cuento que le cuento, no es la trama tradicional que comienza y termina en colorín colorao… Es como la gota de agua mureniana, que vista con una lupa, en ella se ve el universo entero.
Desde que el mundo es mundo y el mundo cuento, con el cuento del mundo, desde Luciano de Samosata hasta los cuentívoros de hoy, el género literario más antiguo del mundo, ha transitado entre tomar la ruta del cuento de camino, o andar el camino del cuento.
William es un andarín. Hace tiempo que tomó el camino del cuento. Para William ha sido fácil taladrar el tiempo y meter por el agujero un cuento embadurnado de poesía. El aserrín que va separando la penetración de la barrena al horadar la sustancia demiúrgica, son metáforas que abonan la horma cuentística de William.
Al leer el taladro, y comenzar a ver desde “una mancha en el centro del paisaje” y entonces llega la hora de los perros, ladrando en un tiempo negro. Surge otro cuento como adorno de flor de tierra, y esa espora textual se riega por toda serranía como una pureza que viaja como los vientos. Y cuando crees que es el final, se oye un silencio definitivo en el mar, entonces tiempo y taladro, símbolos de la creación mejiana, binomio de la reflexión del artista frente a la satisfacción o insatisfacción que le causa el vértigo del mundo que lo rodea, te inducen a reflexiones del hombre social o del hombre artista.
Para William, en el hombre doméstico, tiempo y el taladro son simples artículos de cocina. En el artista, taladro y tiempo, son herramientas para crear una cuentística que trascienda la cotidianidad.
La barrena poética del Taladro del Tiempo williamiano se siente desde que perfora la solapa del libro. Y es lógico encontrar el tictaceo de la poesía desmigajarse circularmente por el cuento.
Podemos afirmar que William hace acopio de las afirmaciones del escritor mejicano Carlos Fuentes, vertidas en la entrevista concedida a Mempo Giardinelli: Cito: “siempre consideré que la poesía era el terreno común de la literatura.” Fin de la cita.
He oído decir, varias veces, al propio William, que la poesía es la sustancia que inunda a la obra literaria, cualquiera sea el género. Una novela, un cuento, una obra de teatro, sin poesía, le falta hondura, no tiene ese gusano que taladra nuestra sensibilidad, no nos motiva, no nos enciende las fibras del ser. Es lo que algunos consideran algo así como la literatura culinaria o la cocina literaria. Una novela sin poesía es una novelona desabrida. Una obra de teatro sin poesía es un dramón frívolo. Un cuento sin poesía no taladra nuestra interioridad. La poesía, como interroga Mempo a Fuentes ¿es la patria primera de la literatura? Y Fuentes responde: es la patria, el universo, el globo terráqueo de la literatura. Y como remacha Baudelaire, la génesis del cuento y del poema es la misma, nace de un repentino extrañamiento, de un desplazarse que altera el régimen normal (entre comillas) de la conciencia…
Los cuentos troquelados por el taladro del tiempo, de un tiempo taladrado por la banca rota de la ética, por el pleonasmo de la copionería, por la francachela de la fácil y barato, por la verdolaga del malgusto internetiano, por el clichet porno de la pérdida de la capacidad de asombro, por la moda del juicio final de lo sensible, por la robotización de la cosa y de la casa… sobreviven al tiempo y al taladro adimensional por que se ajustan a la etiqueta del Baudelaire. La eficacia y el sentido del cuento se deben a: la tensión, el ritmo, la pulsación interna, lo imprevisto dentro de parámetros previstos… los cuentos de esa especie se incorporan como cicatrices indelebles a todo lector que los merezca: son criaturas vivientes, organismos completos, ciclos cerrados, y respiran.
Tanto el taladro de 1984, año hidrogenado, año de camuflajes, año fríamente acomplejado, año orwelliano en el que Eurasia y Estasia, confundían la literatura con la criptonita, y cocinaban sus neuronas en una paila ideológico, como el taladro de hoy, mantienen su vigencia. El de ayer con trece ranuras anaranjadas por el añejamiento de sus instintos, el de hoy con nueve troneras donde caben el universo, los sueños, y toda la imaginación inimaginable.
Al concluir estas cuartillas imperfectas, como todo lo perfecto, como el propio cuento, ya que como asegura Donoso, el cuento perfecto no existe, y esto es precisamente lo mágico del género, podemos afirmar que William Mejía, el andarín, al arribar a sus treinta años, que hasta comiendo te hacen propietario de una buena barriga, al cronometrar treinta años armando y rompiendo satisfacciones e insatisfacciones, continua con su taladro del tiempo a cuestas, penetrando las fronteras taladrantes y atemporales del cuento.
lunes, 9 de junio de 2008
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